Fisiognomía, de Pseudo Aristóteles; y Fisiólogo, anónimo.

En la Antigüedad no existían las leyes de propiedad intelectual que rigen hoy en día, ni tampoco estaba tan regulada la actividad de publicación o circulación de libros, por lo general escritos en rollos de papiro. Por esto era bastante frecuente que no se pudiese establecer con certeza la diferencia entre el autor de un texto, el redactor o escritor, y el copista. Además, existía una práctica muy generalizada, denominada pseudonimia, que consistía en afirmar en un texto, de manera explícita o implícita, que ese texto era de autoría de una persona, pero en realidad no lo era. Algunas veces los miembros de una escuela atribuían sus propios escritos al maestro, para darle mayor autoridad al texto; otras veces se atribuían los escritos a personas del pasado, para brindarle mayor reputación al escrito. También era posible que con el tiempo se confundiera al autor de una obra, ya que estas no solían firmarse. Todo esto genera hoy en día grandes dolores de cabeza a los críticos textuales que estudian las formas de corroborar si un texto pertenece o no al autor que se le reputa. 


 

Aquí hay dos ejemplos de lo dicho, uno es el libro llamado Fisiognomía, que se le atribuyó a Aristóteles durante mucho tiempo, hasta que se demostró recientemente que no le pertenecía a él; y el otro es el Fisiólogo, que también presentaba al filósofo Aristóteles como su verdadero autor original, pero que pronto se demostró que no lo era. Los dos libros son interesantísimos para conocer en parte el estado de la ciencia (episteme) de la época del Liceo y durante los primeros siglos de nuestra era. El verdadero autor de Fisiognomía podría ser algún alumno peripatético, y el verdadero autor del Fisiólogo sería alguien que vivió entre los siglos II y IV de nuestra era en Alejandría, o bien alguien que estuvo empapado de la filosofía alejandrina. 


 

La fisiognomía era considerada por Aristóteles una tekhné, un conocimiento de tipo práctico, un “saber hacer”, o una técnica, que consistía en determinar las relaciones entre el carácter de una persona y los rasgos físicos de la misma, sobre todo centrándose en el análisis del rostro, de la cabeza, la frente, el torso y las extremidades. La idea es que existe una conexión directa entre las características psicológicas de una persona, y los rasgos físicos de su cuerpo, debido, claro está, a la relación directa entre el alma (psikhé) y el cuerpo (soma) de una persona. El tratado establece los métodos que se emplean para acceder a este conocimiento, de manera tal que se aleje de la mancia o adivinación, y se acerque todo lo posible a la theoría



 

Aristóteles nunca estuvo solo en esta genial intuición, ya que muchos antes y después de él lo acompañaron en sus hipótesis. Hipócrates, Galeno, Plutarco, Orígenes, Cicerón, Apuleyo, fueron solamente algunos eruditos que sostuvieron con ahínco la defensa de la fisiognomía. El propio Charles Darwin advirtió en uno de sus escritos que el movimiento de ciertos grupos de músculos, sobre todo del rostro, están asociados a ciertas emociones, de manera tal que, si el individuo experimenta frecuentemente algunas emociones en particular, entones los gestos que las expresan se hacen tan frecuentes que el rostro tiende a adoptar esas expresiones faciales como características distintivas suyas. La frenología decimonónica y la contemporánea programación neurolingüística también son hijas de la fisiognomía. 

 


Ahora bien, así como los gestos faciales pueden servir de pistas para “leer” las emociones y el carácter de una persona, así también es posible que Dios haya puesto en los rasgos de sus criaturas (animales, plantas y piedras) algunas pistas para acceder al conocimiento del Creador. Esta es la idea central del Fisiólogo. La naturaleza (physis) puede ser entendida de manera científica, pero también es posible ir más allá y abordarla hermenéuticamente para desentrañar un conocimiento superior (gnosis). Cada animal, cada planta y cada piedra pueden ser estudiados en cuanto que forman parte de la naturaleza, pero también como símbolos que remiten a lo sobrenatural; y esto es lo que se propone el Fisiólogo.


 

A modo de ilustración sobre ambos textos citaré un pasaje de cada uno. Uno de los métodos que se propone en la Fisiognomía es encontrar parecidos entre el rostro de las personas y algunos animales; de esta manera si una persona se parece físicamente a un animal en particular, es posible inferir que también su carácter tendrá similitudes con las cualidades del animal. Así, leemos por ejemplo esto: “Los que tiene pequeña la frente son ignorantes: recuérdese los cerdos. Pero los que la tienen excesivamente grande son lentos: así los bueyes. Los que la tienen redondeada carecen de capacidad perceptiva: véase los asnos. Perceptivos son los que la tienen plana y bastante grande: piénsese en los perros. Los que tienen frente cuadrangular y simétrica son magnánimos, como los leones. Y los que la tienen sombría son arrogantes.” 

 


En el Fisiólogo se busca conocer “científicamente” a los animales, a las plantas y a las piedras y, a partir de ese conocimiento, empleando un método hermenéutico, desentrañar algún conocimiento sobrenatural. Por ejemplo, leemos esto: “El Fisiólogo dijo a propósito del águila que cuando envejece le pesan los ojos y las alas y se le enturbia la vista. ¿Qué hace entonces? Busca un manantial de agua pura, vuela hacia el éter solar, quema sus viejas alas y la niebla de sus ojos, baja a la fuente, se sumerge tres veces, se renueva y vuelve a ser joven.” (Hasta ahí se enuncia un conocimiento “natural” sobre el águila).

“De este modo también tú, hombre, si posees el ropaje de hombre viejo y los ojos de tu corazón están nublados, busca el manantial espiritual, la palabra de Dios que dice: «Me abandonaron, fuente de agua viva». Y vuela a lo alto del sol de la justicia, Jesucristo, y despójate del hombre viejo y de sus acciones, y báñate tres veces en el eterno manantial, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y despójate del hombre viejo, es decir, del viejo ropaje del diablo, y vístete el nuevo, el que fue creado a imagen de Dios, y se cumplirá también en ti la profecía de David: «Se renovará tu juventud como la del águila».” (Este párrafo comunica ya una interpretación mística que parte del conocimiento “científico” del águila, pero que ahora versa sobre asuntos sobrenaturales).


 

Durante la Edad Media el Fisiólogo tuvo amplia circulación, existían casi tantos ejemplares de este libro como de la Biblia. De él derivaron luego otros bestiarios (libros sobre animales, generalmente con tintes míticos), herbarios (libros sobre plantas) y lapidarios (libros sobre piedras). Este género literario no se perdió, pero es posible que en la actualidad haya pasado del ámbito de la cultura de élite a la cultura popular. Así tenemos relatos sobre animales fantásticos como el almamula, el chupacabras o Nahuelito, que forman parte de la tradición oral de los pueblos.  


 

 

  

 

 

 

 

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