Archipiélago, de Ricardo Rojas.

             Este libro fue escrito en el tiempo en que Ricardo Rojas estaba viviendo en Ushuaia como confinado político. Luego del golpe de Estado de 1930 que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, el coronel Pedro Justo condenó al destierro en Ushuaia a varios dirigentes políticos, diputados, periodistas e intelectuales afines a Yirigoyen. Rojas fue enviado en 1934 en el barco de la Armada Argentina llamado Chaco, a la isla presidio, a la que en el siglo anterior Charles Darwin había llamado “el confín de la tierra”, y que todavía hoy llamamos “El fin del mundo”.


 

El libro consta de 62 escritos distribuidos en sendos capítulos, y un epílogo, a los que el propio autor compara con islas que conforman un archipiélago, y de ahí el nombre de la obra. Rojas tiene un objetivo claro, que es “revisar la leyenda darwiniana y divulgar la verdad sobre la Tierra del Fuego”. Para ello divide la historia de la isla en 3 períodos, a saber: Una edad antigua, una edad media y una edad moderna. En la primera edad incluye las aventuras y desventuras de todos los navegantes y exploradores que llegaron al lugar, comenzando por Magallanes y Elcano, quienes por primera vez en la historia de la humanidad dieron la vuelta al mundo, demostrando así su esfericidad. Además, en su travesía estos marinos españoles unieron el Océano Atlántico con el Pacífico a través del estrecho que hoy se llama Magallanes. También se cuentan las andanzas de los piratas Francis Drake, Thomas Cavendish, Richard Hawkins; y los descubrimientos de los aventureros Sarmiento de Gamboa, James Cook, Bougainville (quien bautizó a las islas Malvinas), Le Martial, y Fitz Roy, entre otros. Este último capitán llevó en su nave Beagle al joven Charles Darwin, quien escribió un libro en el que describía a los shelknam u onas como tribus caníbales y salvajes. 

Los libros dedicados a la edad media hablan justamente de los pueblos originarios, los shelknam y los yaganes. Los yaganes vivían al sur del archipiélago, y llamaban “ona” al Norte, y “Onaisín” a los hombres que vivían al norte, es decir, a los shelknam. Rojas cuenta la epopeya de Kuanip, una especie de Prometeo, entre héroe, maestro y protector de los shelknam en el inicio de los tiempos. Luego describe físicamente y espiritualmente a los yaganes, del sur, y a los shelknam, del norte, denunciando a los europeos que, como Darwin o el siniestro Julius Popper (quien se hacía fotografiar mientras cazaba a los onas), ayudaron a cimentar una leyenda negra sobre estos pueblos. Rojas se entrevistó con algunos sobrevivientes de estas etnias, y pudo escuchar de primera mano sobre su cosmovisión, su organización social y política, y sus creencias religiosas. Todo ese conocimiento se vuelca a lo largo de varios capítulos del libro. También se incluye en esta edad a los primeros evangelistas que llegaron a las islas del sur, como los ingleses que llevaron su culto a las Malvinas, o los salesianos que se asentaron en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Finalmente, en la llamada edad moderna, Rojas relata cómo el estado argentino comenzó a hacerse presente en el sur fueguino a partir de 1884, con el capitán Laserre, el capitán Luis Piedra Buena, y un puñado de patriotas como Lista o Godoy. Fueron ellos los primeros argentinos que se asentaron en el lugar y sus historias personales sirvieron de precedente para dirimir disputas territoriales entre nuestro país y el Reino Unido o Chile. Capítulos especialmente interesantes son los que Rojas dedica al famosísimo presidio del Fin del Mundo. Además de describirlo al dedillo, Rojas nos cuenta pormenorizadamente el día a día en el presidio, desde que los reos se despiertan, hasta que vuelven a sus celdas por la noche. En varios capítulos se relata la vida de los reclusos, sus actividades, sus sueños y esperanzas, las torturas a que son sometidos, los trabajos que realizan, sus historias personales, y cómo la vida de la ciudad depende completamente de la existencia de dicho presidio. 

Representación de una familia shelknam

 
Presidio del Fin del Mundo

El libro culmina con un epílogo, en el que Rojas nos relata cómo se fugó de Ushuaia, en sueños, guiado por un chamán shelknam, hacia la fantástica isla blanca de Konik-Sción, que flota entre los cielos.

Todo el libro es una invitación permanente a viajar por el tiempo y el espacio. Ya sea que vayamos hacia aquellos años remotos en que vivieron los pueblos originarios en el Fin del Mundo, y a ser testigos de cómo su cultura fue avasallada y ellos mismos aniquilados. O hacia los siglos XVI y XVIII, cuando nos hace recorrer las agitadas aguas y los traicioneros estrechos del helado mar, para saltar de isla en isla, cuyos accidentes geográficos llevan aún el nombre de los aventureros que las pisaron por primera vez. Es también una descripción bastante objetiva de la situación política y económica de la isla de Tierra del Fuego, y del país en general, en la época en que iniciaba la década infame. Sus páginas nos ofrecen, también, tal vez el mayor testimonio de la vida en el presidio del Fin del Mundo, desde su creación hasta la llegada del autor a la isla. 


 

        Estando en Ushuaia uno siente en el aire todo el peso de esas historias dibujadas con maestría por Rojas, todo ese dolor de generaciones enteras que fueron abandonadas al olvido y a la desidia del Estado, de todos aquellos que fueron condenados a la pena infame de un presidio gélido. Pero se siente también, como lo debe haber sentido el propio Rojas, que un fuego patriótico se enciende en el corazón, presintiendo la proximidad de las Malvinas, y adivinando la cercanía del blanco continente de la Antártida. El libro, como la ciudad de Ushuaia, son una invitación a viajar también con la mente, rememorando las historias de tantos bravos argentinos que se aventuraron en aquellos parajes desolados, en aquel confín del mundo que es tan nuestro como las pampas mediterráneas y las quebradas andinas. Ushuaia, una isla en la que de un modo u otro todos somos prisioneros, es también la tierra de la libertad infinita, aquella que nos impele a ir siempre más allá, la que nos invita a soñar con islas flotantes en el cielo y mares embravecidos para conquistar. 

 


        Ushuaia, la “bahía hermosa”, “el fin del mundo”, es una ciudad limítrofe entre lo real y lo imaginario, entre la historia y la ficción, entre lo conocido y lo misterioso, entre lo humano y lo divino. Como dice Rojas en sus páginas, “Esta es una isla donde aún viven, presentes en su paisaje, los dioses primitivos.” 


 

Comentarios

  1. Ayer un amigo, Daniel, que sabe muchísimo sobre Luis Piedra Buena, me hizo notar que en mi texto puse "Rojas relata cómo el estado argentino comenzó a hacerse presente en el sur fueguino a partir de 1884, con el capitán Laserre, el capitán Luis Piedra Buena, y un puñado de patriotas como Lista o Godoy", siendo que Piedra Buena falleció en 1883. El error, obviamente es mío, no de Rojas. El autor relata con precisión las fechas, pero yo las confundí. Gracias por mencionarlo.

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