Diario de Adán y Eva, de Mark Twain
De Mark Twain son mundialmente famosos sus libros Las aventuras de Tom Sawyer, El príncipe y el mendigo, o Las aventuras de Huckleberry Finn; pero esta, Diario de Adán y Eva, es tal vez su novela mejor lograda. En breves pero intensas páginas Twain nos regala una bellísima historia de amor que, en rigor de verdad, debemos decir que se trata nada más y nada menos que de la primera historia de amor que haya experimentado el género humano.
La obra se divide en dos partes principales, a saber: un primer relato desde la perspectiva de Adán, y una segunda parte con la mirada de Eva. Luego vienen unos capítulos más breves aún (apenas unas páginas), y un cierre que sin dudas es de lo mejor de los finales de la literatura de todos los tiempos. Opino que tan sólo por esa frase final Twain es merecedor de yacer en el Olimpo de los literatos, sin objeción alguna.
Al comienzo el autor nos presenta un Adán hosco, molesto por la presencia de “esa nueva criatura de pelo largo”, a la que le gusta hablar demasiado, ponerles nombre a las cosas y que de tanto en tanto derrama “agua por los agujeros con que mira”. A medida que avanza el libro Adán comienza a sentirse atraído por Eva, y casi sin que él se dé cuenta, crece en su corazón un amor apasionado que se agiganta después del episodio de la manzana. Al final del primer diario, cuando Caín y Abel ya forman parte de la familia, Adán está completamente enamorado de Eva.
En el diario de Eva el autor nos la describe como un ser inteligente, curiosa hasta la temeridad, algo vanidosa y locuaz, pero llena de ingenio. Al toparse por primera vez con Adán siente una atracción inusitada que no hace más que crecer día tras día. Eva sabe que Adán es algo torpe, poco inteligente, de rudas maneras, callado y tímido, pero aun así ella lo ama y eso le causa cierta sorpresa. Se pregunta incesantemente por qué lo ama, y no puede más que concluir que en realidad no lo sabe, y que tampoco es tan importante saberlo. Dice Eva, “Yo lo amo con toda la fuerza de mi naturaleza desenfrenada y creo que es algo muy propio de mi edad y de mi sexo.”
El autor nos invita a seguir los pasos de Eva, logrando con pericia que como lectores nos sumerjamos en el Edén; cada frase, cada párrafo, es una pincelada maestra que nos lleva a experimentar aquellas vivencias originarias de la humanidad. Cada acción es la primera, cada palabra es nueva, cada idea es arquetípica, y uno se siente protagonista de esas historias. A la par de explorar el mundo, Eva nos hace cómplices de su propia introspección. Impulsada por ese amor inexplicable hacia Adán, lo busca como si él fuese parte del resto de los animales a los que ella siempre está queriendo domesticar, y no se rinde hasta conseguir su propósito. Pero ningún animal, por más que sobrepasen a Adán en ciertas cualidades, hace nacer en su corazón ese sentimiento sublime; nadie en el mundo podría hacerla sentir así más que él. Ahí, en la desnuda humanidad de Adán, está la clave del misterio. “Sí, pienso que lo amo simplemente porque es mío y porque es hombre”, concluye Eva.




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