La mujer, de Severo Catalina

            El 1° de enero de 1858 el poeta y filósofo español Ramón de Campoamor prologaba en Madrid este libro. El prólogo comienza formidablemente con una pregunta que todos los que hemos leído el libro nos hacemos en algún momento, y es la siguiente: “Este libro, ¿es una apología de la mujer, o un libelo contra el sexo femenino?” Es que, en La mujer, Severo Catalina camina por una finísima cornisa entre la apología y la diatriba, sin que el lector adivine hacia dónde se decidirá a caer.


 

Severo Catalina fue lo que hoy llamaríamos “un niño prodigio”. A los 13 años ya dominaba el latín, el francés y el italiano. A los 15 obtuvo el grado de bachiller en filosofía. A los 19 logró titularse en teología, y a los 25 años ya había recibido, además, los grados de bachiller, licenciado y doctor en jurisprudencia. A todo esto sumaba sus estudios de lengua árabe y hebrea, que le habían valido el acceso a la cátedra de lenguas orientales en la Universidad de Madrid.

Severo Catalina (1832 - 1871)



 

A los 24 años escribió este libro, del que luego se replicarían nada más y nada menos que 115 ediciones, y sería traducido a un gran número de idiomas. El ejemplar que tengo es de la editorial Sopena, y corresponde a una edición de 1945. La mujer está presentado simplemente como una serie de “apuntes” que servirían para la composición de un supuesto libro mayor, pero en realidad constituye un tratado breve de exquisita y erudita prosa. La obra consta de una introducción, 26 capítulos y un epílogo, además del ya mencionado prólogo de Campoamor. A lo largo de estos capítulos nuestro autor despliega todo el virtuosismo de su pluma para hablarnos de la educación, el amor, la maternidad, la moda, la curiosidad y la felicidad de las mujeres. Entre medio de estos temas que parecen más bien genéricos, o poco originales, el autor no rehúye a tocar los temas más urticantes en relación a las féminas. Así tenemos capítulos que llevan por títulos “Los extravíos”, “La edad”, “El llanto”, “La frivolidad”, “La mentira”, entre otros, de los que ya se advertirán las polémicas calurosas que de ellos se derivaron.

Severo Catalina parte de una premisa que hoy no puede ser aceptada como verdadera, pero que en su época era una verdad de Perogrullo, y es que todas las mujeres son variaciones de un único molde, la madre común, Eva. Todas las mujeres serían apenas copias de aquel original, si es que en ellas no obrase la educación, agrega Catalina. A partir de esa falsa premisa Catalina elabora una hipótesis, tal vez verdadera; gracias a la educación que reciben las mujeres, nos dice, ellas se van individualizando y logrando su propio carácter. Pero como la sociedad (recordemos que el libro es de 1858) niega o se resiste sistemáticamente a otorgarles a las mujeres el acceso a la educación, entonces la mujer sigue siendo una incógnita. Ese es el itinerario de la obra en general: un punto de partida falso, una hipótesis quizás verdadera, y una conclusión que queda abierta hacia el futuro. Es por eso que Catalina se esfuerza en mostrar que si se le diera a la mujer la posibilidad de estudiar y ocupar las cátedras de los profesores, las bancas de los legisladores, los estrados de los jueces, en fin, si pudiera acceder a las mismas instancias que los hombres, entonces ellas demostrarían que la imagen que se tiene sobre su sexo es una distorsión, que no es verdad que todas las mujeres sean iguales, sino que “Entre cada dos mujeres media un mundo”.

    Obviamente, a pesar de que las intenciones de Catalina son muy buenas, no debemos esperar que aquí o allá no tropiece con algún exabrupto, algún comentario fuera de lugar, o alguna opinión hoy desfasada. Todo ello es producto del espíritu de la época, y no se le debe imputar al autor como parte de su propia cosecha. Leído así el libro es un dulce recreo que a la par nos sacará varias sonrisas y profundas reflexiones.

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