Cuentos de los Mares del Sur, de R. L. Stevenson
Robert Louis Stevenson nació en 1850 en Escocia, y fue criado en un ambiente extremadamente religioso. Su familia pertenecía a la iglesia presbiteriana y “Cummy”, como Robert llamaba a su niñera Alison Cunningham, era una férrea calvinista. Desde muy pequeño Robert escuchaba de Cummy numerosos relatos bíblicos que le impresionaban enormemente y que excitaban tanto su imaginación que frecuentemente sufría de pesadillas. Estas historias macabras y truculentas fueron echando raíces en la mente de Stevenson y lo acompañaron por el resto de su vida, reflejándose en algunos de sus escritos.
Cuando Stevenson se casó con Fanny Osbourne se embarcaron en una goleta hacia la Polinesia y allí visitaron durante varios meses islas como Samoa y Tahíti. Fruto de ese viaje Stevenson escribió varias obras, entre las cuales está la que comento, Cuentos de los Mares del Sur. Este libro recoge tres cuentos breves, de los cuales quiero centrarme en el primero, El diablo en la botella. Los otros dos se titulan La isla de las voces y La costa de Falesá. En este cuento, con el que Stevenson abre su libro, se nos relata la historia de Keawe, un joven de Hawai, que se encuentra con un hombre que posee una botella forjada en el infierno, y en cuyo interior habita un diablo. El diablo, como el genio de Aladino, obedece al dueño de la botella y le cumple todos sus deseos. Solamente hay una cosa que el diablo no puede hacer, y es alargar la vida de las personas. Las reglas son simples, el dueño de la botella pide deseos y el diablo se los cumple. Si al momento de su muerte la persona aún posee la botella, entonces su alma se condena al infierno para toda la eternidad. La única forma de deshacerse de la botella es venderla a otra persona, a un precio que debe ser siempre menor al que se pagó por ella. Se nos cuenta que la botella anda dando vueltas por el mundo hace muchos siglos, y que entonces su precio equivalía a una enorme fortuna. Incluso, se dice, el propio Napoleón habría sido su dueño por un tiempo, hasta antes de Waterloo. El actual dueño de la botella, con quien está hablando Keawe, la compró apenas por cincuenta dólares, y desea venderla pues ya está viejo, por lo que teme morir y perder su alma.
Para resumir, Keawe compra la botella, se hace rico, y rápidamente vende la botella. Pero, para su desgracia, un tiempo después se enamora de una hermosa muchacha llamada Kokua y al mismo tiempo, como si el destino se burlara de él, enferma de lepra. Sin pensarlo demasiado Keawe parte en busca de la botella y, cuando encuentra a su poseedor, se entera con horror que éste la había comprado por apenas dos centavos. Esto quiere decir que Keawe debe comprarla por un centavo, el mínimo valor posible, y que, por lo tanto, ya no podrá deshacerse de ella. Al comprar la botella se convertiría Keawe en su último propietario y se condenaría eternamente a las penas del infierno. ¿Qué decisión tomará Keawe? ¿Comprará acaso la botella para sanar de su enfermedad y conseguir el amor de Kokua? ¿O preferirá afrontar una larga y penosa agonía y un no menos sufrido desamor a cambio de salvar su alma? ¿Podría el amor de Kokua, eventualmente, salvar el alma de Keawe?
Hay allí un dilema ante el que se enfrenta el protagonista, pero que nos es presentado por Stevenson sin rebusques melodramáticos. El cuento tiene un tono más bien distendido, a pesar de lo que está en juego, que no es ni más ni menos que la condenación eterna a cambio de riquezas, salud y amor. Un gran acierto de la obra es que al comienzo del cuento el diablo es apenas un personaje muy secundario, pero a medida que avanza la trama y que los personajes van acercándose a la vejez y a la muerte, la presencia del diablo se vuelve abrumadora. No contaré el final para que cada uno pueda disfrutarlo, y también para que nos pongamos en los zapatos de Keawe y pensemos qué hubiésemos hecho en su lugar.



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